De rosas y dragones

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No me gustan las versiones edulcoradas de los cuentos. No me gusta eliminar a los monstruos, ni cambiar la historia para que tenga un tono amable o un final feliz. Me parece una cagada mayúscula suprimir lo draconiano, lo oscuro y cruel. Precisamente porque existe. Y aunque lo eliminemos del relato reclamará de todos modos su lugar y quizá de una forma aún más feroz.

Hoy día de Sant Jordi el mito se cuenta del derecho y del revés, cambiando los papeles. La doncella, la dama, la princesa está ya harta de esperar ser rescatada, y menos por un caballero andante pues ya no nos creemos a los príncipes azules ni a los caballeros salvadores.

A mi me sigue gustando la versión original de la historia y vestirme de cada uno de los personajes. Soy tanto la dama encerrada prisionera por un dragón que echa fuego por la boca, como el mismo dragón opresor de mi feminidad, como el resuelto caballero, mi parte emprendedora que arriesga su vida para liberar a su parte oculta en la mazmorra, como soy también la rosa que nace de la tierra, fecundada por esa gota de sangre derramada en la batalla.